En su libro El sexo y el espantoPascal Quignard escribe sobre los frescos de la denominada Villa de los misteriosde Pompeya para explicarnos el enorme cambio que se produjo en la sexualidad de la antigua Roma desde una cierta tradición alegre griega, y que cambió a partir del emperador Augusto (Roma, 63 a. C.–Nola, 19 de agostode 14 d. C.), y que luego aprovechó el cristianismo para erigir su moral.

Según Quignard, la sexualidad romana hasta entonces no se encontraba ensombrecida por el pecado o la culpa. «En Roma», nos cuenta, «el puritanismo nunca atañe a la sexualidad, sino a la virilidad». El amor pasivo de un patricio era un crimen tan grave como el amor sentimental o el adulterio de una matrona.

Por el contrario, era lícito practicar la homosexualidad activa y un ciudadano podía hacer lo que deseara con una mujer no casada, una concubina, un liberto o un siervo, lo mismo que una matrona. El sentimentalismo no existía y el matrimonio era un pacto para la procreación. Por eso coexistía el sexo más brutal con un escrupuloso rigor moral.

El sexo y el espanto - Pascal Quinard

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