El aullido de los perros a la luna se explica./ Los bocinazos de los autos a la barrera, no”, escribe Cristian De Nápoli en uno de los primeros poemas de Antes de abrir un club (Zindo & Gafuri, 2018), marcando el tono de lo que será el libro que reúne textos del periodo comprendido entre los años 2007 y 2015. Con una mirada crítica de la realidad en general y de algunos aspectos particulares, el autor no pierde de vista la importancia de una voz clara, elegante e incisiva.

A pesar de estar compuesto por distintas partes y estar separados por 8 años, el poemario de De Nápoli se mantiene en una búsqueda: la constante idea de ir más allá del orden establecido. “Desde la torre de marfil pobre/ escucho una oferta: es hora/ de que cuentes la otra mitad de tus fracasos./ Los que aceptaste sin discutir”, sentencia en el comienzo de un poema. Varias páginas más adelante, va a ir en esa misma dirección: “Une a tres generaciones/ lo que partió a los Ramones/ si no a los Beatles: la soberbia”. ¿Qué puede brindar la poesía ante ese aire de descontento y cuestionamiento interno?

El autor va a ser honesto en la búsqueda de esa respuesta, lo que incluso lo lleva a momentos cargados de introspectiva: “A veces me cruzo con gente tan eufórica y alocada/ que hasta me siento elegante”; o también: “no quiero hablar porque sé que pronto/ voy a tener una opinión sobre todas las cosas”. Sin embargo, esa introspección es generosa, no gira sobre sí misma, sino que invita al lector a ver las grietas del precario orden que nos rodea y prende una chispa de inquietud al respecto. Después de todo, a veces el yo poético puede servir para evidenciar un síntoma general.

Antes de abrir un club - Cristian De Nápoli

$610,00Precio
  • Buenos Aires - 2018

    118 páginas / 14 x 20

    ISBN 978-987-3760-81-5

  • Dreams never end

    En el primer minuto del primer tema
    del primer disco de New Order,
    ¿no te parece que los tipos consiguen
    dejar atrás la influencia del grupo anterior?

     

    Pensá en ese tema: todavía
    no es el ritmo de fiesta que está por venir
    pero ya rompen con esa euforia densa
    y hasta tenebrosa del pasado.

    En el arranque, hay que reconocerlo,
    de los cincuenta segundos iniciales
    la música mantiene el viejo clima opresivo.
    Es necesario. Forma parte del proceso.

    Hasta que, detrás de esa guitarra negra
    que lentamente iba rasgando una especie de capullo,
    salta la batería y estalla, y habilita al teclado.
    Tal vez sea el minuto más épico en la historia del pop.

    ¿Pero qué decir del nombre, “Los sueños nunca mueren”?
    Título raro para un tema y una propuesta
    que era un corte emocional con todo lo hecho
    hasta entonces, cuando la banda era Joy Division.

    Título que hace pensar que los tipos, antes,
    habían pasado años apartados de sus sueños
    y haciendo una música oscura por obligación.
    En la poesía eso pasa mucho.

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